Thursday, May 04, 2006

ARGENTINA AMURALLADA
21.04.06


Con admirable frugalidad expresiva, mi amigo Enrique Carrier me confesaba días atrás, café de por medio, que la Argentina de estos tiempos remite a la figura de un barco con la carga mal estibada. En tanto la meteorología continúe siendo amigable, favoreciendo condiciones de mar calmo, no se avizoran dificultades insalvables en el horizonte. SI las condiciones viraran a tempestad, sin embargo, no se puede descartar que pueda dar una vuelta de campana.

Siempre fuimos una curiosidad para el resto del mundo. Nuestro nuevo acertijo consiste en descifrar cómo, un país cuya performance de crecimiento en los últimos tres años fué solamente superada por China, sólo pudo aventajar a Eslovaquia, Croacia y Chipre en el ranking de captación de FDI (Inversión Extranjera Directa), el año pasado.

La matriz productiva que caracteriza a la nueva economía globalizada, muestra una creciente segmentación espacial de las distintas etapas que conforman las cadenas de valor, procurando maximizar las ventajas comparativas regionales. Los conglomerados transnacionales despliegan una red productiva de alcance planetario, cuyos nodos constituyen la expresión concreta del explosivo crecimiento experimentado por los flujos de FDI en los últimos años. Complementariamente, este diseño influye decisivamente en el trazado de las corrientes de comercio internacional, cuyas dos terceras partes se generan hoy dentro de este entramado. La capacidad de atraer inversiones se ha convertido, de tal suerte, en la clave de acceso a la liga de los países prósperos, y constituye el predictor más confiable de la sustentabilidad dinámica de los procesos de crecimiento.

Basta repasar los diarios de los últimos días, para tomar nota que Argentina ha elegido jugar otro juego. Ajena al devenir del mundo, se obstina en cavar trincheras. Desde el poder se modula un discurso populista maniqueo, que procura manipular a la opinión pública con la falacia de que defender al pueblo supone ir en contra del capital, sobre todo si es extranjero. Los ejemplos abundan:

La celebrada reestatización del servicio de agua potable y saneamiento en Buenos Aires y el conurbano, que durante una década prestó la empresa francesa Suez, encubre en realidad el fracaso del gobierno, que durante un año trató infructuosamente de encontrar un operador que la reemplace, y pone al desnudo la dificultad de convocar inversión extranjera, en un país donde la discrecionalidad y la arbitrariedad son la regla.

El sector energético constituye un capítulo particular de esta revigorizada vocación estatista que encarna el actual gobierno, que conecta positivamente con el preocupante chauvinismo todavía arraigado en una amplia franja de la sociedad. Habiendo sido elegida como nave insignia de una demagógica política oficial de congelamiento de tarifas, la actividad carece de reglas de juego y de señales de precios desde hace casi un lustro. El resultado es que mientras el mundo está embriagado por una euforia de producción de petróleo y gas, estimulado por una escalada de precios que parece incontenible, en Argentina cae la producción de ambos combustibles por desincentivo a la inversión, irradiando una letal señal de incertidumbre hacia el sistema económico en su conjunto.

La tan irracional como irresponsable decisión de suspender las exportaciones de carne, producto que constituye un sello de identidad argentina en el mundo, con el exclusivo propósito de disimular algunas décimas de aumento en el índice de precios al consumidor, constituye el paradigma de la arbitrariedad y discrecionalidad a que puede llegar un gobierno autoritario, que pisotea la legalidad y desprecia los compromisos internacionales. El mundo mira entre incrédulo y asombrado, la caprichosa renuncia al bien ganado lugar de privilegio en el mercado mundial de carnes, destruyendo de un plumazo el prestigio de proveedor confiable y la confianza ganada por las condiciones y consistencia en calidad animal, sanitaria, industrial, infraestructura empresaria, y de transporte.

El conflicto planteado con Uruguay, país entrañable para gran parte de los argentinos, por la instalación de dos plantas de pasta celulósica en la costa del río Uruguay, cuyo curso comparten ambos países, constituye en sí mismo una precisa radiografía del peculiar sentido de la legalidad que orienta el comportamiento del gobierno argentino. En lugar de privilegiar la vía diplomática, o el ámbito del Derecho Público Internacional, el presidente Kirchner eligió usar la extorsión, prohijando el bloqueo terrestre al que somete a Uruguay el corte de los puentes internacionales que unen ambos países, que lleva a cabo, con la complicidad oficial, un grupo de vecinos de las ciudades afectadas. En los últimos días el diferendo ha escalado varios grados, a partir de las imputaciones argentinas sobre la responsabilidad de los gobiernos de Uruguay y Finlandia, país de origen de la empresa involucrada y próximo presidente de la Unión Europea. La concepción ilimitada del poder que impera en Argentina, no concibe la posibilidad de que ambos gobiernos se vean limitados por los derechos de una empresa privada, a la que no puedan imponer su voluntad de interrumpir las obras de construcción de la planta, como si ocurriría del otro lado del Río de la Plata.

El corte de los puentes constituye una imagen muy potente. Mucho más allá del marco que le ofrece el entredicho bilateral que le dio origen, muestra con elocuencia demoledora la señal inequívoca de un país que ha optado por el aislamiento en un mundo cada vez más interdependiente.



Monday, April 03, 2006

PATRIA O HERIDAS LEVES

Todo viaje al pasado suele encubrir algún deseo de venganza, disfrazado de obligación moral. En los últimos días, los argentinos hemos vuelto a enredarnos en una vieja antinomia. Como en el relato mitológico, parecemos aferrados a un fatalismo que nos encierra entre Lethe -la fuente del olvido–, y Mnemosyne -la fuente de la memoria–. La polémica conmemoración del 24 de marzo de 1976, insólita manifestación de condena al derrocamiento de un gobierno constitucional, por parte de quienes lo enfrentaron con las armas, mostró, muy a tono con la tendencia vintage, la remake de una plaza dividida, en donde no faltó, siquiera, una versión muy civilizada de aquellas pujas setentistas por los espacios frente al palco, que alcanzaron su apogeo de violencia irracional con la masacre de Ezeiza, que saludó el regreso definitivo del General Perón, el 20 de junio de 1974. La divisoria de aguas fue, en este caso, la negativa de muchos asistentes, a que se usara espúreamente su testimonio de condena a la represión militar, como expresión de alineamiento irrestricto con el gobierno.

Desde el primer día, Néstor Kirchner desplegó una muy elaborada estrategia de seducción de los sectores contestatarios de izquierda, con eje en su política de derechos humanos. No habían transcurrido aún 120 días de su instalación en el poder, cuando, para nuestra sorpresa, los argentinos nos enteramos, a través de su discurso ante la 58ª Asamblea de las Naciones Unidas, que todos “éramos hijos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo”, en un desborde de su representatividad electoral, que, en todo caso, apenas alcanzaba al 22%. El presidente se autodesignó, de tal suerte, abanderado de la defensa de los derechos humanos, no obstante su dificultad de poder acreditar algún antecedente destacado de militancia anterior en ese terreno, lo que le demandó, a diferencia de lo que ocurre con su colega trasandina Michelle Bachelet, tener que apelar a incómodas explicaciones sobre la cantidad y calidad de persecución que sufrió bajo la dictadura.

Esa deliberada impostura se diseñó como una suerte de concesión a la izquierda, un verdadero salvoconducto que le allanara el camino para ejecutar su proyecto. No puede desconocerse su acierto. Nadie antes de Kirchner, habría imaginado al progresismo abrazando como propio, un modelo económico basado en la trilogía de un ajuste fiscal salvaje, cuya dureza supera las peores exigencias del FMI, la pulverización del salario, y una robusta transferencia de riqueza al agro. El poderoso señuelo de los derechos humanos hizo posible que el progresismo se tragara el sapo de la injustificada cancelación anticipada de la deuda con el FMI, hasta allí una verdadera bestia negra, alimentada durante medio siglo por la izquierda vernácula. Deleitado por el placebo, tampoco reparó en el hambre de los jubilados, dos millones de los cuales, tienen congelados sus haberes desde antes de la devaluación. El encantamiento fue más lejos, tanto como para disimular que la participación del salario en la renta nacional es hoy la más baja de la historia, y que la inequidad social se ha profundizado durante este gobierno, habiéndose alcanzado a recuperar el PBI de 1998, pero con una distribución del ingreso notoriamente más regresiva.

Siendo el engaño una disciplina que exige atenciones y cuidados permanentes, el ingenio mordaz de Alejandro Dolina, en sus “Crónicas del ángel gris”, recomienda no descartar la asistencia del “Servicio de Ayuda al Impostor”. El conflicto desatado entre las organizaciones convocantes, por la redacción del documento oficial de la conmemoración, que empañó la culminación del acto del 24 de marzo, puede interpretarse como una primera señal pública del agotamiento de la hasta entonces exitosa estrategia. El gobierno fracasó en su intento de colar detrás de la bandera de los derechos humanos, una masiva expresión popular de apoyo a su gestión, programada como lanzamiento de la campaña por la reelección, cuyo segundo episodio será la concentración prevista para la celebración de los tres años de gobierno, el próximo 25 de mayo. No fue la única frustración. Alertado de la posibilidad de tener que enfrentar el reclamo de la hija de un oficial asesinado por la subversión, el presidente debió cambiar apresuradamente la sede del acto oficial, viéndose forzado a replegarse a la gélida seguridad blindada de los cuarteles de Campo de Mayo, con el exclusivo marco de sus incondicionales rentados.

El nuevo escenario parece mostrar el incipiente trazado de una línea de resistencia, cuya efectiva relevancia dependerá del grado de articulación que el desencanto irradie sobre un complejo cuadro de conflictividad latente, en particular, respecto de dos aristas sensibles para el poder.

Resulta inocultable que cualquier expresión popular directa de repudio personal es, a Néstor Kirchner, lo que la kryptonita representa para Superman. La tibia señal que le amargó la tarde del 24 de marzo, está lejos de poner en peligro, por sí misma, la hegemonía oficialista, dado el escaso peso electoral que exhiben los grupos contestatarios. Su verdadera fortaleza reside, sin embargo, en su capacidad para plantar el conflicto en la calle, cuyo control es, precìsamente, un flanco de extremada vulnerabilidad para un gobierno que ha desertado, hace rato, de su responsabilidad de mantener el orden público. Una izquierda movilizada, podría potenciar el alcance que ha empezado a mostrar la protesta social espontánea, propia de un estado pre anómico, cuya expresiòn concreta, más allá de su distinta naturaleza y orígenes, son las puebladas violentas de Las Heras, San Vicente (Misiones), San Pedro (Jujuy), Plaza Huincul, y Resistencia, a lo que cabría agregar el estado de virtual rebeliòn popular, en que ha colocado a algunos pueblos ganaderos de la pampa hùmeda, la histérica prohibición de las exportaciones de carne vacuna.

El otro frente que desvela al gobierno, es la obstinada resistencia que muestran los precios a disciplinarse a las necesidades oficiales. Una protesta social màs activa y centralmente focalizada en la distribuciòn del ingreso, tenderá a enervar, inevitablemente, la actitud de la CGT, en las sensibilizadas negociaciones salariales en curso, atizando la puja distributiva, con el riesgo de espiralizar la inflación. Las primeras movidas gremiales, en el caso del conflicto de camioneros, confirman esta presunción.

Wednesday, March 22, 2006

CARNE TREMULA

En el análisis político correspondiente a Enero de 2005, predije con acierto que “La suerte de Ibarra quedó sellada en el mismo momento en que decidió no presentarse de inmediato en el lugar de la tragedia. La misma fortuna que, generosamente, le permitió montarse en la ola aliancista, en el pico de euforia triunfalista del 2000, quiso que su reelección se jugara, providencialmente, en el momento del climax palmípedo. Por cierto que el azar es un atributo necesario, pero no alcanza, por sí solo, para dar fundamento a una carrera política”. Con el ex jefe de gobierno se extingue aquella efímera camada de otrora promisorios “fenómenos” de la política metropolitana, inventados oportunamente por la corporación mediática, entre cuyos rutilantes exponentes brillaron en su momento, entre otros, las hoy ya olvidadas Graciela Fernández Meijide y Cecilia Felgueras.

Al igual que en Gualeguaychú, la kryptonita que representan para el absolutismo presidencial los pequeños grupos de minorías activas que no puede someter con el “Método Coto”, dado que se movilizan por causas sectoriales genuinas (dolor, justicia, salud), pone en duda la mentada invulnerabilidad del santacruceño. El mismo pánico paralizante había mojado sus pies, en su momento, ante la multitud convocada por Blumberg, luego rápidamente neutralizado por la munificencia oficial. La mera perspectiva de tener que afrontar el reproche de la gente, bastó para derrumbar su estrategia política para el segundo distrito electoral del país, tanto como para desertar de la conducción de la política exterior argentina, hasta ayer en manos de un grupo de vecinos exaltados.

Esta misma matriz decisoria está detrás de la consagración del derecho constitucional al asado de tira, que en un ataque demagógico acaba de promulgar el primer mandatario. No alcanzó con la foto del acuerdo de precios, el aumento en el peso de faena, la eliminación de reintegros a las exportaciones, el incremento de las retenciones. Ni siquiera sirvió la aftosa. El precio de la carne parece insensible a las necesidades políticas del gobierno, transformándose en una auténtica pesadilla. Esta indisciplina trastornó al presidente, que reaccionó como un chico caprichoso. Piensa que los precios son una confabulación perversa de grupos económicos que desafían su autoridad, cuando en realidad son los propios desaciertos del gobierno, fundamentalmente el aumento del peso de faena, los que han alimentado la natural escalada de las cotizaciones. El problema es que mientras uno permanece dentro de los límites de la ignorancia, la ignorancia misma constituye el horizonte limitado del pensamiento.

El precio de la carne ha desvelado históricamente a más de un gobierno. No cabe duda que ser el eje de la dieta de los argentinos ha terminado convirtiendo a la vaca en una suerte de fetiche nacional. Aún se recuerda aquella payasada del índice de precios sin carne, que concibió la necesidad de la dictadura militar para disfrazar el impacto inflacionario, en tiempos de Martínez de Hoz. Pero nunca imaginamos los argentinos que pasaríamos a ser objeto del sarcasmo internacional, rifando mercados por u$s 1.300 millones anuales de exportaciones, sólo para alimentar la demagogia populista de un Súper K protegiendo a los indefensos habitantes de pingüilandia, de la codicia de los malvados ganaderos.

La reversibilidad es la característica de la inteligencia operativa, y sobre ella se fundan las estructuras lógicas elementales. En tal sentido, resulta indispensable enfocar el tema desde la perspectiva del salario. El llamado “tipo de cambio competitivo”, verdadero tótem de la política económica en curso, no es más que un eufemismo para no decir salarios de hambre. La devaluación salvaje demolió la capacidad de compra no sólo de carne, sino de todos los alimentos. Así, mientras el salario medio de la economía creció un 61 %, la Canasta Básica Alimentaria se encareció un 110 %. Desde esta perspectiva, alguien debería darle al presidente la mala noticia que la evolución de los precios de los alimentos no responde a maniobras conspirativas, sino que constituye la consecuencia natural del modelo económico que ha abrazado con devoción.

Parece una boutade, pero justo en el momento en que el presidente está librando una guerra santa contra el sector ganadero, Buenos Aires se suma a las exclusivas dieciséis ciudades del mundo que forman parte del COW PARADE. Esta muestra plástica global con propósitos benéficos, la mayor exhibición de arte público del mundo, que sembrará Puerto Madero con más de un centenar de vacas de acrílico pintadas por artístas de todo el mundo, nació en Zurich en 1998, de la inspiración de Pascal Knapp, y se ha extendido desde entonces con reconocido éxito por el planeta.

El episodio es muy revelador. La vanguardia de la cultura local abrazando el paradigma de la globalización, mientras el país le dice al mundo, de la peor manera, en la persona de su presidente, que ha decidido clausurar la oportunidad histórica que le brindan las inéditas condiciones internacionales, confirmando su vocación por un inútil y anacrónico aislamiento. La decisión parte de un grosero error de diagnóstico. No se conocen experiencias exitosas sustentables, que avalen la pretensión de manipular precios contrariando la lógica de los mercados. Resulta irreparable, en cambio, el daño definitivo producido a la ya mellada imagen de proveedor poco confiable, que arrastra nuestro país, así como el desaliento a la inversión privada que deriva del arbitrario cambio de reglas.

La elocuencia del mensaje es contundente. El índice de precios del mes siguiente bien vale para el gobierno varios miles de millones de dólares de exportaciones perdidas en los próximos años, los correspondientes puestos de trabajo, y otros miles de millones de dólares de inversiones que buscarán playas más confiables Claro que los eventuales beneficios serían para el presidente y los costos están socializados intergeneracionalmente.

El estado de confusión imperante en la brújula de las certezas gubernamentales, en nada contribuye a la posibilidad de empezar a cerrar la brecha que nos separa de los países cuyas condiciones de vida envidiamos. No parece haberse asimilado todavía, que las perspectivas de progreso sustentable de un país, se miden hoy por la capacidad de atraer inversión extranjera directa, de la mano de una creciente inserción en las corrientes de intercambio de bienes y servicios. Argentina exhibe en los últimos tres años, la anomalía de acreditar, simultáneamente, una sobresaliente performance en términos de crecimiento con uno de los menores niveles de captación de inversiones. Lo que se considera ceguera del destino es en realidad miopía propia, sentenció alguna vez William Faulkner.

Friday, February 17, 2006

DE NUEVA ORLEANS A LAS HERAS

Promediaba el último verano boreal, cuando el huracán Katrina arrasó con la ciudad de Nueva Orleans. Más allá de la devastación, el meteoro tuvo un fulminante efecto político, al desnudar ante el mundo un vergonzoso despliegue de pobreza y marginalidad, que se imaginaban hasta allí, ajenas al país más rico de la tierra. Haciendo un paralelo, y más allá de las innegables distancias, podría decirse que el brutal asesinato del suboficial Jorge Sayago, el pasado martes 7, en la remota localidad de Las Heras, al norte de Santa Cruz, puede representar para el Presidente Kirchner, lo que Katrina fue para George Bush, al poner en foco la sórdida realidad social de su pago chico.

La provincia de Santa Cruz, manejada con mano de hierro por más de una década, por el actual presidente, fue convenientemente arropada, hace ya tiempo, por un blindaje informativo para la opinión pública; la hermeticidad fue sólo consentidamente vulnerada para difundir la imponente belleza de sus paisajes helados, cuya imagen paradisíaca daba la medida exacta para montar el credo de una tierra de fantasía.

La primera víctima fatal de una protesta social de la actual administración, disparó sorpresivamente la atención de los medios nacionales, hasta entonces virtualmente ignorantes de un conflicto gremial que llevaba semanas, con el efecto indeseado de poner en evidencia que las condiciones de marginalidad y pobreza imperantes en Santa Cruz, no difieren de las del resto del país. La revelación no resulta cómoda de explicar para quienes ejercen el tercer mandato de una provincia que mantiene u$s 600 millones (aproximadamente u$s 3.000.- por habitante), supuestamente depositados en Suiza. Nunca antes de ahora, a pesar de la aguda conflictividad social de la zona, intencionadamente silenciada por una prensa cortesana, se había expuesto mediáticamente el ominoso espectáculo de la precariedad de las condiciones de vida imperantes en la región, amenazando quebrar esta suerte de omertá patagónica. El grotesco contraste entre el petróleo, como ícono de la riqueza y el poder, y la sordidez de la pobreza y el desamparo, remite, con aleatoria actualidad, a la precisa descripción de un Emirato del Golfo Pérsico, tan bien retratada por Stephen Gahan en Syriana.

Es lógica la inquietud de las tiendas presidenciales. Vale la pena recordar, que fueron hechos policiales los que, en su momento, detonaron los procesos que culminaron con los derrumbes de los imperios feudales de Saadi en Catamarca y Juárez en Santiago del Estero, los que, en su apogeo, también supieron mantener encriptados, crímenes mafiosos, fondos desaparecidos e inexplicables fortunas aluvionales.

La respuesta presidencial a la trágica pueblada, repitió una vez más el paradigma pavloviano de la conspiración. En esta oportunidad, la desgastada maniobra no alcanzó a sobrevivir 72 horas. Ni siquiera el propio Héctor Segovia, incondicional del presidente, y su hombre de confianza en la conducción del Sindicato de Petróleo y Gas Privado provincial, se privó de desmentirlo abiertamente, circunscribiendo el sangriento enfrentamiento a una disputa local. Tal vez sea más provechoso orientar la búsqueda del origen de la violencia irracional, hacia la impunidad garantizada desde el poder a los salteadores de comisarías, como Luis D’Elía, que acaba de ser recompensado con un cargo de Subsecretario de Estado por haber tomado, a los tiros, una seccional policial ubicada a escasas treinta cuadras de la Casa Rosada.

El incidente alcanzó tal trascendencia en las cercanías del poder, que fue la única distracción que se permitió el presidente, a su inclaudicable afán por contener el proceso inflacionario mediante la concertación de precios, ponderable pero estéril esfuerzo de tiempo completo, que lo tiene absorbido hace un par de meses. Resulta conmovedora la tenacidad de su lucha contra el termómetro; como un moderno Sísifo, que cuando logra arreglar el precio del papel higiénico, se le desacomoda la plasticola.

Rompiendo la aburrida rutina estival de la guerra de las vedettes y las estrellitas de moda luciendo sus glúteos, los medios han alumbrado un nuevo clásico. Este verano nos fatigan con la foto del primer mandatario rubricando acuerdos de precios inverificables, rodeado de empresarios. Un día con los fabricantes de pasta dental, otro con los de repuestos Rivadavia, acordar precios se ha convertido en el entretenimiento de la temporada. No se conoce otro caso en el mundo, de un presidente dedicado full-time a tarea tan inútil. Parece haberse entrado en zona de amnesia. Esta receta se aplicaba en nuestro país cuando los índices de inflación alcanzaron registros mensuales de dos dígitos. Convendrá tener presente que el primer signo de la locura es pretender seguir haciendo lo mismo de siempre, a la espera de resultados diferentes.

Lewis Carroll, el famoso autor de “Alicia en el país de las maravillas”, escribía en 1892, en su “Lógica Simbólica”, que “El universo consta de cosas que pueden ordenarse por clases y una de éstas, es la clase de cosas imposibles. Dentro de este grupo está la clase de cosas que pesan más de una tonelada y que un niño es capaz de levantar”. Si hubiera escrito en estos tiempos, no hay dudas que en su lista de cosas imposibles figuraría el control de la inflación mediante los acuerdos de precios. Creer lo contrario significa ignorar absolutamente todos y cada uno de los principios de la economía política.

La inflación que padecemos es inherente al diseño económico en curso, cuyos pilares son una moneda artificialmente depreciada y una tasa de interés fuertemente negativa, factores que estimulan el gasto agregado, en un contexto de agotamiento de la capacidad instalada disponible. En consecuencia, la estabilidad no se logrará plantando oportunos brotes de aftosa, sino procurando restaurar el equilibrio, a través de adecuadas políticas monetarias y fiscales. El gobierno ha instalado la falacia populista según la cual la inflación es una consecuencia inevitable del crecimiento. El sofisma no resiste la comparación con el precedente ciclo de expansión. Entre 1994 y 1998, la economía creció a una tasa promedio superior al 5% anual, mientras los precios aumentaban en un año lo que ahora crecen en un mes, sin aprietes a los empresarios y merced a una política económica que permitía conjugar armónicamente, rentabilidad con salarios dignos, y crecimiento con estabilidad.

La inflación representa hoy el único escollo potencial que puede interponerse a la aspiración presidencial a un segundo mandato. La sociedad aprendió duramente que esa alarma que le vibra en el bolsillo cada vez que consume, la aleja cada vez más de sus aspiraciones. Sabe intuitivamente que golpea más duramente a los más humildes, aún antes que se lo diga el INDEC. Y las estadísticas oficiales le dan la razón, a pesar del enojo de Felisa. En el segundo trimestre de 2004, cuando la inflación arañaba el 4 % anual, el ingreso de los más ricos era 28 veces mayor que el de los más pobres. En el tercer trimestre de 2005, con la inflación trepando al 12%, la brecha se había ampliado a 31 veces. La inflación es un viaje de ida. El país creció 30% en tres años, pero la distribución del ingreso sigue siendo la peor de la historia, congelada en los niveles a los que la condenó el shock regresivo provocado por el saqueo de la devaluación salvaje del 2002. Estarán conectados los sensores oficiales, o el poder prefiere creer que con mero voluntarismo puede llegar hasta a derogar la ley de gravedad ?

Monday, January 30, 2006

LEYENDAS URBANAS

Las leyendas urbanas son esas historias que circulan de boca en boca (hoy en día casi sería más apropiado decir de monitor en monitor), y que mucha gente da por descontado que son ciertas.

Por ejemplo, es famosa en todo el mundo la leyenda de que Walt Disney está congelado en espera de una cura para el cáncer. Esta, como la mayoría de las leyendas urbanas, es falsa. También es muy popular en USA aquélla que dice que las cloacas de Nueva York están infestadas de cocodrilos, porque un matrimonio, cansado de tener uno de ellos como mascota, lo arrojó por el inodoro.

Es sorprendente la capacidad de construcción que posee el inconsciente para canalizar los miedos colectivos, corporizándolos en historias absolutamente inverosímiles.

Jan Harold Brunvand, escritor y profesor en la Universidad de Utah (USA), reconocido investigador del misterio de las leyendas urbanas, sostiene que sirven como fábulas contemporáneas, pulsando nuestros miedos sobre el sexo, el crimen, grupos étnicos foráneos, la tecnología, la gente, u organizaciones poderosas.

Nuestra propia galería de leyendas urbanas tiene reservado un lugar de privilegio para el Fondo Monetario Internacional, monstruo de ferocidad sólo comparable a los “Gurbos”, bestias invencibles que invadían nuestro planeta, en aquella historieta de culto que fue “El eternauta”, surgida del genio del inolvidable Héctor Oesterheld y de Alberto Breccia.

Durante el último medio siglo, en efecto, la clase política vernácula, salvo honrosas excepciones, se ha dedicado con esmero digno de mejor causa, a consagrar al FMI como el chivo expiatorio de su propia incompetencia y oportunismo, alimentando la construcción de una verdadera bestia negra, hasta constituirlo en una auténtica leyenda urbana. Sería injusto no reconocer que su prédica encontró campo fértil en la tendencia endémica de nuestra sociedad, incondicionalmente dispuesta a descargar la culpa colectiva en un agente externo particular, conducta tan arraigada que mereceríamos la membreciá dorada de “The Scapegoat Society” (La Sociedad del Chivo Expiatorio), creada en Gran Bretaña en 1997, para estudiar el fenómeno y ofrecer ayuda a las víctimas de esa patología.

Con la cancelación anticipada de u$s 9.800 millones que adeudábamos a los muchachos de Rodrigo de Rato, a quien seguramente beneficiaremos con un reconocimiento internacional por la meritoria performance de haberle cobrado a un deudor fallido, la totalidad de sus acreencias por anticipado, pronto echaremos de menos las tradicionales celebraciones telúricas de nuestro propio “Día de la Expiación”, en las que, como el Sumo Sacerdote en la práctica ritual de los antiguos judíos, hemos purificado por décadas nuestras culpas, sacrificando al macho cabrío, encarnado en el FMI.

Nuestro país se incorporó al Fondo Monetario Internacional en 1956, habiendo firmado desde entonces 25 acuerdos con el organismo, sin haber cumplido ninguno. Desde esta perspectiva, parece difícil sostener que nuestro fracaso económico obedezca a imposiciones del Fondo, ya que los 25 incumplimientos hablan elocuentemente de una tan tenaz como exitosa resistencia a seguir sus recetas. Paradójicamente, la administración Kirchner es la única en medio siglo, que ha sobrecumplido sus crónicas recomendaciones de ajuste fiscal ortodoxo, encarnadas en la necesidad de alcanzar superávit en el manejo de las cuentas públicas, logro que, por otra parte, constituye uno de los pilares de la fuerte recuperación económica experimentada en los últimos tres años, principal activo de su gestión.

Cuando se analiza la desbordante capacidad del gobierno para generar paradojas, resulta difícil sustraerse a la tentación de evocar a George Orwell. Uno de los pilares que sustentaban la consolidación del poder autoritario, que tan admirablemente supo describir en “1984”, era el “doblepensar”, definido como la facultad de cambiar de idea al compás de las consignas oficiales. Así, un objeto blanco puede ser negro, si el poder dice que es negro, y la tarea del buen militante (y, por ende, del buen “doblepensador”) estriba en adquirir la habilidad mental necesaria para convencerse a sí mismo de cuándo un objeto blanco, es negro.

El cuidado montaje escenográfico que enmarcó el anuncio del pago anticipado de la deuda con el FMI, estuvo a la altura de la gran fábula. Inspirado, tal vez, en, aquella genial herramienta intelectual imaginada por Orwell, que permitía a los individuos mantener ideas contradictorias liberándolos del fastidioso cepo de la coherencia, asistimos a la ficción de un acto fundacional, orientado a cambiar el curso de la historia, que hubiera despertado la envidia de los padres de la patria. Lo cierto es que el presidente Néstor Kirchner no hizo otra cosa que acceder a una pública exigencia del Fondo, expresada en junio pasado, como cualquiera puede verificar consultando la pagina web del organismo. Curioso país el nuestro, donde los mismos protagonistas del patético mamarracho del festejo del default, celebraron con indescriptible algarabía la exigida cancelación anticipada de la deuda con el FMI, junto a las madres que enfrentaron a la dictadura, cuyos hijos murieron para no pagarle.

Hace algo más de un año y medio, nuestro país no aceptó las exigencias del organismo para firmar un nuevo acuerdo, y decidió cancelar sus obligaciones pendientes en los plazos originales, como lo vino haciendo hasta diciembre último Desde entonces, dejó de estar sujeto a condicionalidad alguna en la formulación de su política económica, situación que no se hubiera alterado si se mantenía el flujo de pagos en los términos pactados. Constituye, en tal sentido, una falacia, presentar la innecesaria cancelación anticipada como una gesta épica de la lucha por la soberanía nacional. El propio Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, a quien el gobierno exhibe con orgullo como un aliado calificado de su visión heterodoxa del mundo financiero internacional, acaba de reconocer en el Foro de Davos, que sería un error pensar que el país haya recuperado su soberanía económica por haber cancelado su deuda con el FMI.

A excepción del rédito demagógico, en gran medida derivado de una estimulada confusión generalizada, que asimila los compromisos con el FMI con el total del endeudamiento público, del cual aquél representaba, sin embargo, sólo el 8%, cuesta encontrar buenas razones para el capricho.

El arrebato presidencial, disparado intempestivamente por la paralela decisión de Brasil, fue tan improvisado que descolocó al propio presidente del Banco Central. El pobre Redrado, más allá de sus piruetas oratorias, encontrará difícil explicar su disciplinada aprobación al manotazo de la Casa Rosada, que le sustrajo un tercio de los u$s 27.000 millones de reservas con que contaba, justo cuando su Modelo de Gestión Optima de Reservas, que con orgullo exhibía la página web del organismo, recomendaba la necesidad de alcanzar un nivel de u$s 30.000 millones (?). Más allá de revelar su condición de aventajado “doblepensador”, el episodio desnuda el avasallamiento de la independencia del Banco Central, condición esencial para ser considerado un país serio y previsible por quienes orientan el destino de los flujos de inversión de riesgo.

A pesar de los esfuerzos oficiales por intentar convencernos de lo contrario, la simultaneidad del pago anticipado es el único denominador común con la decisión adoptada por Lula. Para Brasil, constituye la cancelación de una ayuda excepcional requerida para solventar su última crisis, la resultante natural de una estrategia económica que ha alcanzado su madurez, en armonía con su inserción creciente en los mercados financieros mundiales, a los que puede acudir irrestrictamente, con el grado de libertad que le otorga la condición de haber honrado sus compromisos. El mundo financiero ha leído correctamente que en ese caso el vector de la decisión fue de la economía a la política, mientras que en el nuestro, fue a la inversa. Quienes siguen nuestra evolución economica desde el exterior, no alcanzan a entender la ventaja de adelantar pagos al Fondo, endeudándose con Hugo Chavez, al doble de costo, aumentando la vulnerabilidad externa por la caída de un tercio de las reservas, para un país todavía convaleciente, como el nuestro. Las señales son inapelables, la brecha del riesgo país entre Argentina y Brasil se ha ampliado desde los anuncios: el nuestro creció mientras el de nuestros vecinos bajó.

Simultáneamente, la estrategia oficial de recuperar rápidamente el nivel de reservas previo a la cancelación, mediante la compra de dólares con emisión, empieza a mostrar su precariedad, en términos de aceleración del ritmo inflacionario.

La actitud complaciente de amplios sectores sociales, entre tanto, parece dar razón a la convicción de Nietzsche, en cuanto a que la mayoría no busca la verdad, sino sólo la creencia satisfactoria. De no ser así, algunas voces hubieran alertado que nueve millones de futuros jubilados, aportantes de las AFJP, que sufrimos la expropiación del 70% de nuestros ahorros, en condición de tenedores de deuda argentina, mediante lo que el discurso oficial se envanece en calificar como la mayor quita de la historia, sin siquiera haber sido consultados, hemos contribuído a hacer realidad esta fantasía presidencial. Sería justicia que al menos nos lo reconocieran.

Thursday, January 05, 2006

UNA SUCESION DE HECHOS BOCHORNOSOS

El arte de mentir en los círculos del poder no es nuevo. Ya en 1712, el escritor y físico inglés John Arbuthnot, al resumir su Treatise of the Art of Political Lying [Tratado del arte de la mentira política], ponía en guardia a los políticos contra el riesgo de creerse sus propias mentiras.

No hay duda que el gobierno no hizo una lectura objetiva del resultado de octubre 23. Quizás, el montaje mediático de un aplastante triunfo electoral terminó encandilando a sus propios arquitectos. El 40% de los sufragios que convalidaron la gestión presidencial, constituyen, por cierto, un activo apreciable para un gobierno que nació rengo de legitimidad popular, proyectándolo nítidamente como la primera minoría, pero está claro que no expresan un ilimitado aval de la mayoría de la sociedad, como parece haber interpretado el gobierno, en boca del flamante Subsecretario General de la Presidencia, Daniel Varizat, quien sostuvo que las expresiones políticas que representan a seis de cada diez argentinos, carecen de entidad institucional para ser convocadas a un diálogo. Para poner la situación en cuadro, basta recordar que el oficialismo triunfó en octubre con el porcentaje más bajo entre las elecciones legislativas comparables, desde la recuperación de la democracia, y que el porcentaje de votos que llevó al triunfo a la Senadora Cristina Kirchner en la Provincia de Buenos Aires, apenas le hubiera alcanzado para salir tercera, detrás de Graciela Fernández Meijide y Chiche Duhalde, en 1997. El frenesí triunfalista, en cambio, parece haber potenciado la natural vocación por la utilización inescrupulosa del poder.

El abuso brutal de la aritmética parlamentaria, con desprecio del costo de amordazar a la oposición, le alcanzó para aprobar la continuidad de las facultades extraordinarias, fundadas en la persistencia de la emergencia económica, que luce como un perfecto oxímoron, cuando se la conjuga con la cancelación anticipada de la deuda con el FMI. Trastabilló, en cambio, cuando la oposición estrechó filas para oponerse al intento de tomar de arrebato el control del Consejo de la Magistratura, proyecto de la primera dama, curiosamente similar a aquél cuyo tenaz rechazo, en 1997 -paradojas del destino- le costara a la entonces senadora por Santa Cruz, su expulsión del bloque justicialista de senadores. Esta endeble línea de resistencia que empieza a dibujar con timidez la actitud de la oposición, constituye, sin embargo, el hecho político más trascendente producido desde fuera del poder desde mayo de 2003, y será conveniente no perderlo de vista en las interpretaciones del devenir político, de ahora en más.

La tan injustificada como desmedida irritación oficial frente a una simple expresión de disenso político, muestra crudamente cómo lastima la piel del kirchnerismo la más mínima señal de articulación del arco opositor, consciente que el holgado margen de maniobra de que disfruta, es hijo del vacío opositor antes que de sus propios aciertos.

La grosera embestida de la senadora Cristina Kirchner contra el Vicepresidente, en plena sesión del Senado de la Nación, la bochornosa participación del propio presidente y sus principales colaboradores, como protagonistas de un sketch de la emisión del programa de Tinelli, en la misma casa rosada, denigrando a un ex presidente constitucional, y la censura impuesta al periodista Pepe Elliaschev en Radio Nacional, constituyen peligrosas señales de intolerancia, autoritarismo, y desprecio por la institucionalidad. Si bien esos vicios, lamentablemente, dificilmente conmuevan a amplias franjas de la sociedad, que seguirán acompañando al gobierno mientras el ciclo económico siga siendo favorable, su reiteración ha comenzado a mellar la imagen de la pareja presidencial en crecientes porciones de los sectores medios urbanos, originalmente aliados naturales del proyecto político kirchnerista.

Luego de los relevos ministeriales, el presidente puede por fin mostrar un homogeneizado gabinete de monocorde tonalidad gurka intenso, como siempre soñó. La salida de Lavagna, no obstante, le dejó un sabor amargo. Hubiera preferido ver partir más desgastado a quien, al menos en términos de imagen pública, constituye su potencial adversario político más sólido de cara al futuro. A despecho de la manipulación mediática tendiente a hacerla aparecer como un gesto de autoridad presidencial, lo cierto es que el ex ministro impuso el tiempo y el modo de su despedida, partiendo con su prestigio intacto, levantando la bandera de la lucha contra la corrupción, y justo cuando lo estaban por hacer responsable de la renacida inflación. Qué jugador, Roberto !

La endeblez del nuevo equipo a cargo del Palacio de Hacienda, no deja lugar a dudas en cuanto a que el presidente ha dispuesto asumir personalmente la conducción de la economía. Habrá ponderado los riesgos de prescindir de un fusible, justamente cuando el diseño económico empieza a crujir, y la tasa de inflación proyectada para el primer trimestre alcanza un registro anualizado que apunta al 20 % ?

La estrategia parlamentaria, el modo de procesar la crítica y el disenso, así como la insaciable vocación por la concentración del poder, exhiben en común una compulsión a librar batallas innecesarias y una tendencia a la subestimación de los costos políticos. Cabe aquí preguntarse si esta desaprensión por la finitud del capital político es el producto de una construcción intelectual, de la intuición, de la experiencia, o meramente de la precariedad conceptual de su caja de herramientas. Su contenido parece constar de una única estrategia multiuso, al estilo de aquéllos técnicos que sólo conciben un libreto, y que, al decir del tablón, “están dispuestos a morir con la suya”, mandando a su equipo a “tirar el achique”, aún ganando 1 a 0, faltando 30 segundos.

La llave de una aparente paradoja entre las disfuncionalidades señaladas en el ejercicio del poder y un sostenido acompañamiento popular, tal vez sea reconocer que el liderazgo redentor que encarna el presidente, se corresponde, como el agua a la sed, con la concepción maniquea, tan arraigada en el imaginario popular, de una voluntad demoníaca responsable de todos nuestros pesares. El primitivo sistema de creencias que la sustenta, prefiere entregarse a la comodidad de pensar que todo se reduce a combatir a quienes conspiran contra nuestro bien, tal vez porque intentar la exigente tarea de poner en juego nuestra voluntad creativa suponga pagar un precio que la sociedad, íntimamente, no esté dispuesta a pagar.

Saturday, November 19, 2005

No da la talla.

La noche triunfal del 23 de octubre aparece lejana y desdibujada. El vértigo de la política y la torpeza del gobierno han deshilachado rápidamente los réditos de una construcción política laboriosamente edificada. Algunos análisis previos a las elecciones conjeturaban con una moderación de la política de confrontación, una vez legitimado en las urnas el liderazgo presidencial. Esta perspectiva se fundaba en el supuesto que la estrategia del berrinche era un instrumento meramente electoral. La realidad parece empeñada en desmentir esa hipótesis. Quienes lo justifican en la sinrazón de alterar una estrategia que se ha revelado exitosa no parecen advertir la diferencia entre ganar elecciones y gobernar. En rigor, no puede ignorarse que el presidente sacó buen partido de una sociedad muy permeable a la prédica demagógica y populista. Permanecer aferrado a esa línea, sin embargo, revela una peligrosa miopía política, o la precariedad de su caja de herramientas. Encontrar la respuesta tal vez demande hurgar en su largo período a cargo de la Gobernación de Santa Cruz. Si hay algo que no se puede decir de Néstor Kirchner, es que no siga siendo igual a sí mismo.

En un remedo de los huracanes que azotaron recientemente las costas del caribe, una sucesión de infortunios políticos ha esmerilado rápidamente el margen de maniobra derivado del triunfo electoral. Al papelón de Mar del Plata, le sucedieron el borocotazo, la caída de Ibarra, y el duro documento de la Iglesia. Demasiado para apenas cuatro semanas.

La agenda de desaciertos, para decir lo menos, se inauguró en la feliz. El presidente, en un alarmante vacío de realismo, alentado por el amateurismo de cabotaje de su canoro canciller, confundió las amigables señales emitidas desde Washington antes de la cumbre, con un bill de indemnidad para montar un colorido show de agravios al huésped de quien pretendía intercediera por nuestro país ante el FMI. Resulta difícil evadirse de la tentación de evocar el delirio místico en que sumió a Galtieri la calificación de “general majestuoso”, con que fue adulado desaprensivamente en los pasillos de West Point, meses antes de Malvinas, para ponderar las dolorosas consecuencias que pueden derivarse de equívocos tan elementales. Y como “el que de santo resbala, hasta demonio no para” ,no hubo intento alguno por disimular que el escenario marplatense estuvo diseñado a gusto y paladar de los desvaríos del mesiánico presidente Hugo Chávez, concediéndole un protagonismo que ningún otro país le otorga, a un personaje más propio de Macondo que de la política internacional. Es grave que la diplomacia argentina no parezca haber tomado nota que Venezuela constituye hoy un tema de preocupación en la agenda regional de la Casa Blanca. La inocultable mueca de devastación que mostraba el rostro del primer mandatario, en su aparición pública junto a George Bush, al cabo de un encuentro que había concitado tantas expectativas en el gobierno, basta por sí misma para calibrar el fracaso de la reunión.

Como si no alcanzara con los conflictos inventados con Uruguay, Chile y Brasil, la patológica furia presidencial no se privó de arremeter contra el presidente Fox. Es una pena que nadie le haya advertido el decisivo rol que podría jugar México, en una inteligente estrategia de contención del avasallante protagonismo de Itamaraty.

El rechazo al ALCA, acogido, curiosamente, con satisfacción, por buena parte de una sociedad no entrenada para discriminar entre ideología e intereses, no hace sino acentuar nuestra intrascendencia y aislamiento. Abundan los ejemplos, en la región, de países, como Chile o México, cuya apuesta irrestricta a la integración, ha producido un espectacular progreso económico, sin que esto suponga alineamientos automáticos, como dan cuenta la posición independiente que esos dos países han sostenido respecto del conflicto de Irak, o la reciente incorporación de Mexico a la Corte Penal Internacional. Sólo se trata de saber negociar.

La frutilla del postre fue el argumento sostenido por nuestro gobierno, acompañado por la silente ignorancia de gran parte del coro mediático cortesano, de condicionar nuestra incorporación al ALCA a la eliminación de los subsidios agrícolas por parte de EE.UU. Sólo la extrema mediocridad intelectual del debate político, puede ignorar que carece de título para pedir una reducción de la protección agrícola, un país que grava groseramente sus exportaciones de productos primarios (?)

Sólo una borrachera de impunidad política, puede explicar la provocativa obscenidad de la foto que mostró exultantes al Presidente y su Jefe de Gabinete, celebrando el pase a las filas del oficialismo del diputado electo por el macrismo, Eduardo Lorenzo (Borocotó), tal como si fueran dirigentes de un club de fútbol, festejando la incorporación de un cotizado goleador. La indignidad del tránsfuga es sólo parangonable a la cínica impudicia de quienes lo auspician, de la misma manera que no existe corrupto sin corruptor. El indisimulable mamarracho desató tal escándalo, que obligó al gobierno a desactivar la desesperada maniobra tendiente a evitar el naufragio de su aliado Ibarra. Tan pronto los insultos de los familiares de las víctimas de Cromagnon le indicaron que la reacción popular empezaba a mojar sus pies, desde el refugio patagónico, donde suele recluirse cuando olfatea un conflicto, el presidente optó por salvar lo que quedaba del incendio y asumir el quebranto. Alberto Fernández, que venía con el boleto picado a raíz del indecoroso resultado obtenido por su construcción electoral en la ciudad, se comió el segundo sopapo en sólo tres semanas. Voces indiscretas aseguran haberlo visto probándose el traje de embajador.

El Tánatos kirchnerista se descargó sobre la jerarquía eclesiástica, a raíz del primer documento que emite el Episcopado desde el comienzo de la actual administración, que describe con crudeza la delicada situación social. Una interpretación freudiana, podría ayudarnos a descubrir que esa furia encubre culpa e impotencia. En la soledad del sur el presidente ha empezado a rumiar que su credo económico es incompatible con la equidad distributiva.